sábado, 16 de noviembre de 2013

Instantes.

Deambulaba por la calle, a tan solo unas manzanas de casa, el viento me envolvía y me acariciaba.
Tenía la cabeza arremolinada, una pizca de agua me resbalo por el brazo, inspeccioné el cielo que llevaba un azul turquesa, estaba despejado y limpio.
Una precipitación se desencadeno, y se propago rápidamente hasta hacerme incorporar en ella, el cielo permanecía claro y el sol no se ocultaba, me retiré los lentes empañados a causa del calor de mi cuerpo, cerré los ojos y me sitúe por un segundo en el agua, su sonido al caer sobre el asfalto, la sensación húmeda sobre mi piel, abrí los ojos impaciente, no siempre ocurría la oportunidad de ver un arcoíris.
De repente lo había olvidado, el pecho me ardió como nunca antes, la espalda me palpitaba del dolor, me acerqué tambaleándome, hacía una valla que parecía cerca, pero cuándo creía había  llegado, resultaba más lejos.
Fui perdiendo el equilibrio poco a poco hasta que me halle sentada en la acera, se suponía debía evitar la lluvia, el frío y todo aquello que pudiera afectar mis pulmones, más de lo que ya estaban, hacía un par de días que esa enfermedad no dejaba de rondar por mi cabeza, pero la lluvia era inevitable.
Un hombre de una edad promedio, se acercó apresurado, hacia mí, tratando de eludir la lluvia, se detuvo para ojear su reloj, luego me miró y me extendió un papel con unas letras garabateadas de una dirección domiciliaria, indicándome que necesitaba llegar allí.

Un olor a perfume muy dulce me llenó la garganta, sentí una punzada letal en el pecho, los colores a mí alrededor se tornaron intensos, a pesar de que recordaba todos los muros pálidos y blanquecinos ahora los veía cálidos y llameantes, se deprendía su ardor y se arrastraba hasta mí, recorriendo toda mi espina dorsal.
 La lengua me pesaba y el aire me resultaba denso, la luz que el sol irradiaba  se disparaba con una fuerza mayor por cada suma de segundos, ya no sabía dónde me encontraba, sentía que alguien me llevaba cuesta abajo, por un par de calles que no recordaba haber visitado.
Escuchaba pláticas y música; mi visión estaba tan nebulosa que solo era consciente del desorbitante dolor de cabeza que amenazaba con aniquilarme.
Me tumbaron con violencia, mi cuerpo se desplomo junto a millares de pies danzantes, mis manos estaban húmedas y no podía evitar temblar y hacer rechinar los dientes.
Sentí el tiempo pasar, por suerte no había perdido la noción de él.
El lugar se iba llenando a medida que la noche se aproximaba, intenté levantarme pero me propiciaron una fuerte bofetada la cual me hizo venir a tierra, veía la muchedumbre aproximarse y alejarse continuamente, los espectros que veía por la noche parecían simples idealizaciones, absurdamente infantiles a comparación de todo lo que contemplaba allí.
Alguien irrumpió en el lugar, la algarabía comenzó a cesar, un silencio apremiante, me heló la sangre. 
Me tomó en sus brazos, su aroma me era conocido, me beso con suavidad la frente y  me saco del antro.
Desperté, escuchaba el sonido del monitor cardiaco, abrí los ojos con dificultad, el catéter aprisionaba el dorso de mi mano, respiré despacio y me aclaré la garganta, no sabía porque tenía recuerdos borrosos, pero los tenía y eso resultaba ser lo importante para poder unir las piezas y reconstruir la historia.
Una sensación de pánico y asombro me recorrió el cuerpo, sabía quién me había sacado de allí, lo que no entendía era el porqué.



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